Javier Mascherano

”No me gusta la palabra líder. Mucha gente piensa que soy un futbolista de una personalidad muy fuerte, pero la verdad es que soy muy tranquilo”. Las palabras salen de la boca de Javier Mascherano, aquel que en sus inicios era delantero, que luego brilló como volante central y que hoy sorprende como zaguero en el mejor equipo del mundo y posiblemente de la historia.

”Nunca digo lo que alguien tiene que hacer si no lo hago yo antes para dar el ejemplo”, se confiesa el jefecito, como lo apodaron en Núñez. Es que su entrega siempre fue comparada con la de su antecesor en River, Leonardo Astrada, quien luego hasta sería su entrenador en el Millonario.

Cuando le tocó jugar en los seleccionados juveniles, más que un compañero, parecía un hermano mayor. Era el referente y el capitán. Hoy, aquel chico grande ya no es un chico. Creció. Pasan los años y él sigue dejando caer hasta la última gota de sudor, por cualquiera sea la camiseta que luzca.

Desde chico que Javier soñaba con ser jugador de fútbol. ”Quiero ser alguien, lograr algo. Me quiero ir a Buenos Aires, a donde tenga la posibilidad de jugar al fútbol”, le había dicho a su padre a los 13 años, en una clara muestra de madurez y personalidad. La misma personalidad que vio en él el Indio Solari cuando Javier jugaba en Renato Cesarini. ”Este va a ser el cinco de la Selección”, dijo totalmente convencido. ”Yo me reía”, contó su padre, a quien el Indio había llevado a un costado para decírselo.

Aunque antes de proyectarse como volante central, Javier era delantero, y fue su padre quien le vio condiciones para jugar en la mitad de la cancha. ”Como delantero, Javi era velocidad, potencia y buen remate. Pero a mí me parecía que tenía que ser mediocampista, por su justeza y capacidad para levantar la cabeza y poner la pelota donde quería”, dijo su padre, quien no se considera su descubridor. ”Yo le cambié el puesto, pero creo que está más que claro que Javier se descubrió solo”, admite.

Hoy su presente es el Barcelona de Guardiola. Y en ese Barcelona en el que brillan Messi, Xavi, Iniesta y Villa, Javier Mascherano es tan campeón como ellos. Porque, por más paladar negro, es imposible no conmoverse con la entrega y el sacrificio del jugador nacido en San Lorenzo, provincia de Santa Fe. Su importancia queda evidenciada en el momento en que Puyol y Abidal quedaron descartados y el técnico tuvo que acudir a él para tapar un hueco. Y lo hizo muy bien.

Quizá su mayor momento de importancia lo tuvo cuando en el partido de vuelta de octavos de final de la Champions League contra el Arsenal, y a falta de cuatro minutos, Mascherano tuvo que corregir un error de sus compañeros que por poco no terminó en gol del equipo inglés y eliminación para el Barcelona: iban 86 minutos, el equipo de Guardiola estaba 3-1 arriba. El blaugrana hacía correr la pelota hasta que Bendtner aprovechó un error en la salida y justo cuando estaba por definir, Javier apareció desde atrás para tocar la pelota y salvar al Barcelona, a Guardiola, a Messi, a Iniesta, a Xavi y compañía.

No es casualidad que haya debutado en la selección mayor antes que en su club; no es casualidad que a dos meses de llegar al Liverpool haya jugado una final de Liga de Campeones de Europa; no es casualidad que sea el único jugador argentino en ganar las dos medallas de oro que el país tiene en fútbol; nada es casualidad en la vida de Javier  Mascherano. Todo es una causalidad de su entrega y sacrificio.

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