Un primer puesto que no maquilla la realidad

Por Alfredo Merlo

La corteza, todo eso que termina siendo el envase, pinta a un equipo invicto que consiguió acceder a cuartos de final como líder de su grupo. El contenido, aquel parámetro más realista que cualquier estadística, descubre a una selección brasileña que se debate en una transición y le cuesta emparentarse con el peso de su historia.

La grandeza de su pasado no admite planes a futuro, exige resultados inmediatos y oxida el telescopio de aquellos técnicos que pretenden proyectar el presente en base a horizontes venideros. Esta norma implícita en cualquier combinado de Brasil choca con las intenciones de su  actual entrenador, Mano Menezes, de formar un equipo de jóvenes que con rodaje y tiempo, ese elemento tan fundamental, pueda llegar al próximo Mundial con el cartel de potencia estampado en el lomo.  Y aunque Brasil, por instinto, sigue ostentando ese rótulo, el arranque del equipo en esta Copa América demuestra que el recambio generacional que atraviesa  le exige redoblar los esfuerzos para refrendarlo dentro de la cancha. Porque no pudo con Venezuela, selección sorpresa del certamen pero que, en condiciones normales, no debería ser escollo para los de camisetas amarillas. Porque sufrió ante Paraguay y terminó penando un punto agónico con aquel gol de Fred. Porque si bien goleó a Ecuador, definió el resultado gracias a inventivas colectivas de Neymar y compañía,  que recién en el tercer partido sacaron a relucir algunas dosis de aquello por lo que tanto se los pondera.

El que se está viendo por estos días en la Argentina es el nuevo Brasil. Este equipo pensado para el futuro y que mientras tanto se defiende en su pasado y en su camiseta, que como grandes bastiones reverenciales intentan atajar esa estirpe que parece escaparse dentro del campo de juego: hoy Brasil es más temido por lo que hizo que por lo que está produciendo.

Atrás quedaron los tiempos en los que desembarcaban en cualquier competencia con una constelación de estrellas, figuras todos en sus respectivos clubes. Hoy, este equipo se apoya en la sangre nueva de Neymar, aún sin experiencia europea, en los arrebatos líricos de Ganso, quien tampoco salió de Brasil y continúa en el Santos, y con el peso de algunos  de más historia pero que no forman parte de la elite como Robinho, Pato y Ramíres. Encima, dos de sus mejores jugadores como son el arquero del Inter de Italia Julio César y el lateral del Barcelona de España Dani Alves,  quitaron de sus memorias el chip que los convirtió en figuras de sus respectivos clubes y su tarea en el conjunto nacional es enjuiciada por la presa de su país.

 Un primer puesto que no maquilla la realidad. Y aunque al fin y al cabo en el fútbol mandan los resultados, están demostradas las debilidades de la estadística, que, si no encuentra correlato en el contenido, suele desplomarse como un castillo de arena.

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